Didier Van Den Hove


Didier Van Den Hove es un actor que nació en Bruselas, al que vimos trabajando en novelas como ‘Te voy a enseñar a querer’, ‘La mujer en el espejo’, ‘La Tormenta’, ‘Amores de mercado’, ‘Doña Bárbara’, ‘Sin senos no hay paraíso’ y recientemente en ‘Niños ricos, pobres padres’.

Es un actor que ve la televisión desde otra perspectiva y piensa en su retiro de ésta cuando la pantalla grande le abra sus puertas.

-¿Cómo empezaste en el mundo de la actuación?
Sentado en mi oficina de Cali (Colombia), revisando un meta modelo de datos (Ingeniería de Sistemas) después de estar administrando durante 10 años empresas de tecnología, me dije: “debe haber cosas más divertidas que estas”. Me puse a estudiar artes escénicas y ya.

-¿Desde cuándo eres actor?
Llevo nueve años en el medio. Debuté con ‘Pedro, El Escamoso’ y luego vinieron ‘Luna, la Heredera’, ‘Te voy a enseñar a querer’, ... También presenté un programa titulado ‘Ciudad X’, que mostraba la cara más decadente de Bogotá (Colombia).

-¿Y qué tal fue tu experiencia como presentador?
Muy buena. Aunque el programa tenía éxito, nació condenado al fracaso debido a su contenido; incluso llegaron a ponernos una multa porque se nos escapó una imagen pornográfica. En teoría lo retiraron por motivos económicos, pero detrás de todo estaban los defensores de la moral.

-¿Fue difícil entrar a la televisión?
Los límites de cada persona están en su cabeza, si deseas algo lo puedes lograr, a menos que siempre estés buscando responsables para culparlos de tu propia “desgracia” de no poder “volar”.

-¿Qué actor o actriz de la vieja guardia admiras?
Teresa Gutiérrez.

-Si en tus manos estuviera cambiar la televisión, ¿qué cambios realizarías?
Muchos. Los de fondo: buscando y pagando buenos libretistas. No compraría “buenas ideas”, sino buenas historias medianamente desarrolladas (30-40 capítulos) y en su forma: mejorando los procesos de producción para minimizar la cantidad de imprevistos y variables propios de hacer televisión.

-¿Qué herramientas utilizas para construir tus personajes?
Ninguna, hablar de construcción de personajes en televisión es más “un decir” que otra cosa. Respeto los “colegas” que sean capaces de “entrar” en un personaje y ejecutar 30 escenas de 30 capítulos distintos en un mismo día. Yo trato de exteriorizar y no caer en estereotipos ni caricaturas no solicitadas. Me quedo muy cerca de mi mismo y voy explorando poco a poco.

-¿Algún día te alejaras de la televisión?
Si hago cine, lo lograré.

-¿De dónde procede tu apellido?
De Bélgica. Nací en Bruselas, pero con diez años ya vivía en Colombia. Mis padres residieron en el Congo mucho tiempo y, cuando regresaron a Europa debido a la guerra que se inició en aquel país, no consiguieron adaptarse. Entonces vendieron todo lo que tenían, compraron una autocaravana y todos partimos hacia Estados Unidos. Pasamos un año recorriendo aquel país, luego nos fuimos a Centroamérica y de allí a Colombia, donde nos quedamos.

-Toda una aventura, ¿no?
Sí, fue una experiencia única. Además, todos nos adaptamos enseguida a nuestro nuevo hogar. De hecho, a los seis meses de llegar yo me consideraba colombiano. Tengo primos en Bélgica que deben de verme como el salvaje de la familia.

-Cuando no estás trabajando, ¿en qué ocupas tu tiempo libre?
Escribiendo otros proyectos, ya sea sobre y para ‘Providencia Isla, una perla intacta en el Caribe’, que todavía el ser humano no ha destruido, pero no demora, o en la escritura de un largometraje que empecé.

-¿Qué satisfacciones te ha dado la actuación?
Risas, muchas risas.

-¿Cuándo te veremos en el cine?
Cuando los directores de cine salgan del estigma que un actor de televisión no da la talla para ser actor de cine o cuando financie el largometraje, aunque allí no creo estar frente a las cámaras, sino dirigiéndolo.


Didier Van Der Hove fue César Alarcón en ‘Niños ricos, pobres padres’:

César pertenece a una familia tradicional, es uno de los grandes terratenientes del país y ocupa un prestigioso puesto en el senado, siendo uno de los líderes de una importante bancada.

Es capaz de vender a su propia madre con tal de obtener réditos políticos. Es deshonesto, corrupto, marrullero y un incansable seductor de 40 años.

Por sus ardores de entre pierna, se enredara con una menor de edad, Amelia, compañera de su hijo y echará al traste una promisoria carrera política.

Es un hombre extremadamente guapo y elegante. Paradójicamente para un maestro del engaño su perdición estará en la dulce piel de Amelia quien, al final, con deliberada crueldad le reconocerá, que estuvo con el solo por vivir la experiencia.